Del Ser al Otro, y vuelta: Heidegger, Lévinas, Celan

Por Félix Duque

En la expresión “vuelta” no late el deseo de retornar al pensamiento heideggeriano, como si la experiencia de la alteridad vivida o más bien sufrida hasta el fondo por Levinas y Celan hubiera sido una mera aportación, un modo de “emplear bien” la herencia de Heidegger, tras la cual pudiéramos retornar al Ser, una vez enriquecidos por el viaje hacia el/ella/lo Otro. Y no puede serlo porque los tres pensadores aquí hermanados y a la vez encausados se mueven paradójicamente en torno, no de un eje, sino de algo así como un desquiciamiento.

La “torna” heideggeriana (la Kehre) no es la vuelta a un origen que, tras la falsificación “moderna” (una modernidad que habría comenzado en Platón), hubiera que poner a la luz, prístino y ab omni naevo vindicatus, sino el sobre-salto (Ent-setzen) de reconocer en el Fondo que el olvido del ser lo es del ser mismo, que éste se “sacrifica” y “crucifica” por así decir para espaciar mortales y dioses, cielo y tierra. El “viraje” de Levinas hacia el visage, esa “vuelta” previa a toda afectividad y a toda norma, supone un estar-fuera-de-sí, volcado hacia una trascendencia que nos desfonda, sin otro posible regreso que no sea el del narcisismo desesperado, rayano con la paranoia. Y por fin, es Celan mismo el que, en el discurso de Bremen, dice: Es ist Zeit, umzukehren, “Es hora de darse la vuelta”. Pero la vuelta, ¿hacia dónde, sino hacia aquello que sólo a través de la “Majestad del absurdo” y de la “contravoz” (Gegenwort), puede vislumbrarse desde los ojos estriados por el horror?

Y sin embargo, ya esta breve descripción de las tres “vueltas” (que poco tienen que ver con los sistemas inmunológicos esféricos de Sloterdijk) muestra a su través una historia de desasimiento y desapego de toda protección. Pues si todavía la torna heideggeriana se apresta a recibir otro inicio (y pocas veces se ha tomado en cuenta esta alteridad radical del inicio, las más de las veces comprendido en cambio como un “nuevo” inicio) en el que aún cabría la experiencia de la salvación por un Dios “otro” (salvación como Rettung, en cuanto “operación de salvamento”, no ya desde luego como reconciliación al estilo idealista), mientras que la “difícil libertad” de Levinas puede llegar a hacer que el hombre se abra a la illeité divina (no sin el escalofrío de comprobar cuán cercana está esa “contravoz” al tenebroso il y a), la experiencia celaniana de la fractura del lenguaje, del “lenguaje que trae la muerte” y a la vez vuelve su aguijón contra sí mismo (en homenaje y desafío a la vez de la “muerte de la muerte” hegeliana) no admite ya refugio alguno, sino que troncha toda mismidad, incluyendo la mismidad de la alteridad absoluta (la lethé heideggeriana, l’Autrui divino en Levinas) y condena así al lenguaje y al hombre a una inaudita apatridia (Heimatlosigkeit). Darse pues la vuelta, pero: ¿hacia dónde? ¿Quizá hacia la tierra, una tierra desencantada aun de la transvaloración nietzscheana? Pues quizá estemos aquí, habitando la tierra, para musitar:

Todavía hay canciones que entonar más allá de los hombres.

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